Están los que usan siempre la misma ropa. Están los que llevan amuletos. Los que hacen promesas. Los que creen en supersticiones. Y están los que siguen colportando cuando les tiemblan las piernas. Los que siguen golpeando puertas cuando se acaba el aire. Los que siguen luchando cuando todo parece perdido. Como si cada casa fuera la última. Convencidos de que la vida misma es un desafío. Sufren, pero no se quejan. Por que saben que el dolor pasa. El sudor se seca, el cansancio termina. Pero hay algo que nunca desaparecerá: La satisfacción de haber logrado el blanco, la beca, la misión. En sus cuerpos corre la misma sangre. Lo que los hace diferentes es el Espíritu Santo. La determinación de alcanzar muchas almas. Almas a las que no se llegan superando a los demás. Sino superándose a ellos mismos.